DÍA DE LA MILITANCIA

Si bien el Día de la Militancia conmemora el primer regreso de Juan Domingo Perón a la Argentina tras 17 años de exilio y, con esto, el reencuentro con los militantes que pugnaban con fervor por el regreso de su líder, es importante destacar -y celebrar- que en la Argentina actual la participación política no es una antigüedad, un hecho del pasado, sino que se gesta y recrea día a día a través de los miles de jóvenes que encuentran en ella una herramienta de transformación y construcción cotidiana.

No cabe duda de que las épocas han cambiado, pero la militancia que hasta hace no mucho parecía dormida logró reinventarse, y se diversifica en incontables experiencias de participación política, con el objetivo de encontrar su propio lenguaje en un mundo dinámico, para hacerle frente a la despolitización que durante años la cercaba.

Quizás es por esto que con el ejercicio imperecedero de la memoria no solo se recuerda en ese día a los militantes de “la gloriosa JP”, sino que se celebra la posibilidad de que en la Argentina del siglo XXI, el pueblo y, particularmente, los jóvenes, encuentren en ella la respuesta para seguir construyendo una democracia más inclusiva y participativa.

En la mañana lluviosa del 17 de noviembre de 1972, tras 17 años de exilio en Madrid y proscripción, el general Juan Domingo Perón regresaba a la Argentina, en un hecho que se transformó en uno de los más emblemáticos de la historia argentina del siglo veinte, y que devino en la conmemoración del Día de la Militancia.

El contexto social y político era agitado. Meses antes del regreso, el 22 de agosto, 16 presos políticos habían sido asesinados en la Base Aeronaval Almirante Zar, una dependencia de la Armada Argentina próxima a la ciudad de Trelew, Chubut, en el marco de un hecho de terrorismo de Estado perpetrado durante la dictadura del general Alejandro Lanusse.

Las víctimas de la masacre de Trelew eran miembros de distintas organizaciones armadas peronistas y de izquierda, que estaban presos en el penal de Rawson, capturados tras un intento de fuga, y ametrallados posteriormente por marinos dirigidos por el capitán de corbeta Luis Emilio Sosa.

“Nosotros queremos que el 17 de noviembre, el día de la llegada del General Perón de regreso a su patria sea un día de paz, pero no podemos prever la acción de grupos provocadores que intenten frenar la alegría del pueblo y, en ese caso, no podemos garantizar lo que va a suceder”, había dicho el 15 de noviembre en conferencia de prensa Juan Manuel Abal Medina, el entonces joven Secretario general del Partido Justicialista (PJ).

“Si Perón no regresa, es porque no le da el cuero para venir”, había llegado a decir Lanusse en  los meses previos al retorno, y decretó que el viernes 17 fuera feriado con el objetivo de desalentar la bienvenida popular en Ezeiza. El desafío no hizo más que aumentar las diferencias entre peronistas y antiperonistas. “Perón presidente, Lanusse que reviente” y “¡Lanusse, marmota, Perón va a venir cuando le canten las pelotas!”, eran algunos de los cánticos de la Juventud Peronista en los actos y movilzaciones, en una clara respuesta al régimen.

Debido al temor de que se produjera un levantamiento popular, Lanusse ordenó entonces un estricto operativo militar en las proximidades del aeropuerto, para evitar que los militantes se reencontrasen con Perón. Sin embargo, pese a las prohibiciones vigentes, miles de personas se dirigieron al lugar para recibir a su líder.

El 15 de noviembre, desde Roma, Perón, preocupado, había enviado un mensaje dirigido “a todo el pueblo peronista”: “Como en los viejos tiempos, quiero pedir a todos los compañeros de antes y de ahora, que dando el mejor ejemplo de cordura y madurez política nos mantengamos todos dentro del mayor orden y tranquilidad. Mi misión es de paz y no de guerra”.

A las 11.20 de la mañana del 17, el DC-8 Giuseppe Verdi de la compañía Alitalia aterrizaba en Ezeiza y Perón pisaba otra vez suelo argentino.

Tras permanecer retenido en el hotel de Ezeiza, recién en la mañana siguiente Perón abandonó el lugar para dirigirse a la residencia en Gaspar Campos, Olivos, lugar que por entonces se convertiría en un destino de peregrinaje para los militantes peronistas, a quienes se conmemora en este día.

 Militancia, por Ernesto Jauretche

Su proceder está guiado por un precepto evangélico: luchar por la igualdad entre todos los seres humanos. Su enorme tarea se inscribe en un paradigma fraterno: “ningún ciudadano se realiza en una Nación que no se realiza”. La cultura de la solidaridad y el trabajo le marcan el norte de las utopías revolucionarias. Arrastrando este sublime bagaje, caerá mil veces; encontrará energía en el servicio a sus semejantes y mil veces se levantará. Su paso por la historia sólo está justificado si es capaz de honrar la vida: defender los derechos sociales y políticos de los desposeídos, y sostener a ultranza, poniendo el cuerpo si es preciso, una inquebrantable lealtad con el pueblo que le da su aliento. Se apega a los principios éticos que hacen mejores a todos los humanos y ejerce las conductas morales escritas en la conciencia colectiva. Por eso el militante sólo existe como héroe colectivo; no puede expresarse como individuo sino dentro de LA MILITANCIA. Hoy, cachuza, desperdigada y diezmada, esa tropa obstinada en escribir día a día la historia argentina vuelve a encontrar un rumbo y una esperanza. Hacen frente a un enemigo implacable: “la raza maldita de los explotadores” y sus mandaderos: los que tienen, siéndolo o no, “alma de oligarcas”. Para defender el sueño de una patria justa, libre y soberana, soldados incansables de la igualdad, la libertad y la democracia alimentarán la llama inextinguible de nuestra pasión argentina. El aluvión de la militancia popular se levantará otra vez como el batallón escogido de un ejército invencible: el de la clase trabajadora argentina.


 

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